Cártama, Alhaurín el Grande, Coín, Álora, Pizarra, Almogía, Alhaurín de la Torre, Casarabonela, Valle de Abdalajís… Los pueblos del Valle del Guadalhorce llevan años cambiando su fisonomía social sin que, muchas veces, nos paremos a mirarlo de frente. En los invernaderos, en las obras, en el cuidado de nuestros mayores, en las aulas de nuestros colegios y también, cada vez más, al frente de pequeños negocios y asociaciones vecinales, hay personas que llegaron de fuera buscando lo mismo que buscaron nuestros abuelos cuando emigraron a Europa o a América en el siglo pasado: una vida digna.
Es momento de hablar de esto con honestidad. Ni el relato del miedo que alimentan ciertos discursos, ni el silencio cómodo de mirar para otro lado. Toca hablar de datos, de personas y de lo que como comarca podemos hacer mejor.
Una comarca —y una provincia— que crece gracias a quienes llegan
Los números no dejan lugar a dudas. Según el Censo Anual de Población del INE, con datos a 1 de enero de 2025, Andalucía sumó 44.851 habitantes nuevos durante 2024, un crecimiento que habría sido imposible sin la llegada de población extranjera, ya que el número de personas de nacionalidad española se mantiene estancado o incluso retrocede en varias provincias. La comunidad alcanzó los 8.676.713 habitantes, de los cuales 900.913 tienen nacionalidad extranjera, un 5,64% más que el año anterior.
Málaga es, dentro de Andalucía, uno de los ejemplos más claros de este fenómeno. La provincia llegó a 1.791.183 habitantes, con un crecimiento del 0,9% en un año —16.482 personas más—, y el 77,1% de ese aumento proviene de residentes de origen internacional. Mientras la población de nacionalidad española apenas crece un 0,2%, la extranjera lo hace un 3,7% y ya representa cerca del 19% del total. Dicho de otro modo: sin la población migrante, buena parte de nuestros pueblos estarían perdiendo vecinos, cerrando escuelas rurales y envejeciendo a un ritmo mucho más rápido.
Integración real de migrantes en el Valle del Guadalhorce y la provincia de Málaga
Y no hablamos de un fenómeno reciente ni pasajero, sino de una tendencia consolidada. Otros estudios sobre la provincia sitúan a la población de origen extranjero en torno al 22% del total, con un crecimiento superior al 12% en los últimos años, aportando la inmensa mayoría del crecimiento demográfico provincial. Un dato especialmente revelador: en algunos regímenes de empleo, como el de empleados del hogar o el sector agrario, las personas extranjeras —y muy especialmente las mujeres— sostienen sectores enteros que, sin ellas, se quedarían sin manos que los trabajen.
En nuestra comarca, aunque los pueblos son de menor tamaño, la realidad no es distinta: la agricultura del Valle del Guadalhorce, con sus invernaderos y su producción hortofrutícola, difícilmente podría sostenerse hoy sin la mano de obra migrante. Lo mismo ocurre con el cuidado de personas mayores en nuestros domicilios, con la construcción o con la hostelería, sectores que en muchos municipios llevan tiempo dependiendo de trabajadoras y trabajadores llegados de Marruecos, de países subsaharianos, de Europa del Este o de Latinoamérica.
Lo que aportan, más allá de la economía
Reducir la aportación de las personas migrantes a su fuerza de trabajo sería injusto y, además, incompleto. Aportan también:
- Vitalidad demográfica. La población extranjera en la provincia es, de media, más joven que la española. Esto significa aulas con más niños y niñas, guarderías que no cierran, y un relevo generacional que evita que nuestros pueblos se conviertan en residencias a cielo abierto.
- Diversidad cultural. Nuevas gastronomías, música, fiestas y tradiciones que, lejos de diluir nuestra identidad, la enriquecen. La cultura andaluza siempre ha sido mestiza, fruto de siglos de encuentros entre pueblos, y esta nueva etapa no es una excepción, sino una continuación de esa historia.
- Emprendimiento y comercio. Cada vez son más los negocios —tiendas de alimentación, locutorios, peluquerías, restaurantes, talleres— regentados por personas migrantes que generan empleo y dinamizan calles y plazas que de otro modo estarían más apagadas.
- Tejido asociativo y solidaridad vecinal. En varios municipios de la comarca han surgido asociaciones de migrantes que trabajan codo con codo con entidades locales, colegios y parroquias, tendiendo puentes que muchas veces suplen la falta de recursos públicos.
- Cuidados. Sin trabajadoras del hogar y cuidadoras migrantes, buena parte de las familias de la comarca no podrían conciliar el cuidado de sus mayores o de sus hijos con su vida laboral. Es una aportación que sostiene, literalmente, la vida cotidiana de miles de hogares.
La crítica necesaria: falta una política de integración real
Dicho todo esto, sería igualmente injusto pintar un panorama idílico. La realidad es que las instituciones —desde el ámbito local hasta el autonómico y el estatal— llevan años gestionando la llegada de personas migrantes como un asunto administrativo o de control de fronteras, y muy poco como lo que también es: un reto de cohesión social que requiere recursos, planificación y voluntad política sostenida en el tiempo.
Algunas carencias que se repiten en nuestros pueblos:
- Falta de recursos para la enseñanza del español fuera del entorno escolar, especialmente para personas adultas que quieren aprender el idioma para acceder a un empleo digno o relacionarse con sus vecinos.
- Procesos de regularización administrativa lentísimos, que dejan a muchas personas trabajando durante años en la economía sumergida, sin papeles, sin derechos y en situación de vulnerabilidad ante posibles abusos laborales.
- Escasez de mediadores interculturales en centros de salud, colegios y servicios sociales, que ayudarían a evitar malentendidos y a que la información llegue de verdad a quien la necesita.
- Vivienda: en varios pueblos de la comarca, la escasez de vivienda asequible afecta especialmente a las familias migrantes, que en ocasiones se ven abocadas al hacinamiento o a asentamientos informales cerca de las zonas agrícolas, una realidad que rara vez se aborda con la seriedad que merece.
- Ausencia de espacios de encuentro planificados desde los ayuntamientos, que fomenten el conocimiento mutuo entre vecinos de origen diverso, más allá de la convivencia meramente circunstancial en el trabajo o en el supermercado.
Esta falta de acompañamiento institucional no solo perjudica a las personas migrantes: también alimenta el terreno donde crecen el racismo y la xenofobia. Cuando no se explica, no se acompaña ni se invierte en integración, el vacío se llena fácilmente de bulos, de discursos de odio y de la sensación —falsa pero efectiva— de que “los de fuera nos quitan algo“. La desinformación prospera allí donde la administración no hace su trabajo.
Ideas para tejer una comarca más justa y unida
La buena noticia es que hay experiencias, aquí y en otros lugares de España, que demuestran que otra gestión es posible. Algunas propuestas concretas para el Valle del Guadalhorce:
- Programas municipales de acogida y acompañamiento. Un primer punto de contacto en cada ayuntamiento —aunque sea compartido entre varios municipios pequeños de la comarca— donde las familias recién llegadas reciban información clara sobre empadronamiento, escolarización, sanidad y recursos sociales, en su idioma si es necesario.
- Clases de español accesibles y gratuitas, en horarios compatibles con jornadas laborales agrícolas o de servicio doméstico, impartidas en los propios pueblos y no solo en la capital.
- Mediación intercultural en los servicios públicos, especialmente en centros de salud y colegios, para facilitar la comunicación y prevenir conflictos por desconocimiento mutuo.
- Actividades de encuentro comunitario: fiestas gastronómicas interculturales, talleres compartidos entre asociaciones de vecinos y asociaciones de migrantes, actividades deportivas mixtas, huertos comunitarios… Cualquier excusa es buena para que la gente se conozca de tú a tú, porque el racismo se alimenta del desconocimiento y se combate con la relación directa entre personas.
- Formación en los colegios sobre diversidad y convivencia, desde edades tempranas, para que los niños y niñas de la comarca crezcan con una mirada natural hacia la diversidad de sus compañeros de clase.
- Inspección laboral reforzada para perseguir la explotación y el trabajo irregular en el campo, protegiendo tanto a las personas migrantes de posibles abusos como a los trabajadores locales de una competencia desleal basada en la precariedad.
- Políticas de vivienda con enfoque social, que incluyan a la población migrante en los planes municipales de vivienda asequible, evitando la formación de guetos o asentamientos al margen de la vida de los pueblos.
- Visibilizar las aportaciones reales de la población migrante en los medios de comunicación locales, en las webs municipales y en actos institucionales, como una forma de combatir estereotipos con hechos.
- Fortalecer el papel de las asociaciones, tanto de migrantes como vecinales, con subvenciones estables y espacios municipales cedidos para su actividad, en lugar de depender únicamente del voluntariado y la buena voluntad.
Un valle que se construye entre todos
El Valle del Guadalhorce ha sido siempre tierra de paso y de encuentro: fenicios, romanos, árabes, cristianos… cada época dejó su huella en nuestros pueblos, en nuestra arquitectura, en nuestra forma de hablar y hasta en nuestra manera de cocinar. La llegada de nuevos vecinos y vecinas de Marruecos, Senegal, Rumanía, Colombia, Ucrania o Nigeria no es una ruptura con esa historia, sino su continuación natural.
Depende de todos y todas —instituciones, medios de comunicación, asociaciones y vecinos de a pie— que esta nueva etapa se escriba desde la empatía y no desde el miedo. Las políticas de integración no son un gasto ni un favor: son la inversión más inteligente que puede hacer una comarca que quiere seguir teniendo escuelas llenas, campos cultivados, comercios abiertos y pueblos vivos.
Conocer al vecino/a que acaba de llegar, preguntarle de dónde viene y qué le trajo hasta aquí, es quizás el primer paso, el más sencillo y el más necesario, para construir el Guadalhorce justo e igualitario que todos queremos.
Artículo de opinión para la revista Valle del Guadalhorce. Datos demográficos: Instituto Nacional de Estadística (INE), Censo Anual de Población 2025.

Redactor, aprendiz de fotógrafo y apasionado del marketing digital y del SEO. Redactor y editor en Revista Valle del Guadalhorce, donde cuento la vida de los pueblos de la comarca y ayudo a dar visibilidad a negocios y asociaciones locales. También trabajo como diseñador web y consultor en Diseño Web Málaga, acompañando a empresas de la comarca en su camino digital.
